Viernes, 29/01/2010

Volta à luta

Enlace permanente 10:20 am, Categorías del blog: Otros temas  

Que sensación más extraña es volver a casa cuando has dejado tu casa. Cuando te has despedido de tu familia, de tus amigos, de tus amores... y has cruzado medio mundo en un avión lleno de desconocidos que desconocen lo qué se van a encontrar y aún así lo desprecian. Que sensación más extraña cuando bajas del avión, y un olor dulzón mezclado de arena y polvo y aire caliente te empapa el rostro de nuevo. Y empiezas a ver los mismos rostros que viste hace ya un tiempo, cuando la misma escena se repetía en dirección contraria. Y el coche recorre la misma calle que viste por primera vez cuando llegaste, y todo te parecía extraño, como si no fuera contigo. Calles llenas de gente vacías de tu significado. Calles llenas de vida que se desvitalizaban ante unos ojos carentes de conexiones con el entorno. Hoy las calles tienen nombre, los rostros tienen nombre y las vidas son compartidas. Todas ellas familiares. Todas ellas comprendidas al menos en parte. Y las actitudes que aquél día nublado de octubre me parecieron extrañas hoy me resultan tan familiares que me despiertan una sonrisa de recibimiento: ahora son también las mías. Y las sonrisas de la gente, de los amigos, de los compañeros, e incluso de los desconocidos, te hacen sentir un regusto de nuevo, de regalo por abrir, de vuelta a casa.

Mañana me volveré montar en mi moto y bajaré a Luanda. Y gritaré por el camino, bocearé y me cagaré en la madre de más de uno, y más de diez probablemente. E intentaré comprar algo y no estará, y arreglar algo y no será posible, y conectarme a Internet y no habrá línea, y llamar y no funcionará el teléfono, y todo parecerá que se ha ido a la mierda... Pero al final del día, cuando piense en donde estoy y en lo que he hecho, cuando abra una cerveza helada y mire el sol caer sobre el mar de la bahía de Luanda, cuando sienta el dulce calor húmedo angolano acariciarme el rostro y escuche de fondo el lamento del amor perdido de una kizomba, entonces sabré que he vuelto a casa, y nunca volveré a arrepentirme.

Viernes, 19/06/2009

La realidad sangra en el pasillo de un hospital

Enlace permanente 13:41 pm, Categorías del blog: Otros temas  

Ha llegado el triste día en el que la realidad impone su crudeza sin contemplaciones. En el que la inmensa realidad se muestra tan descubierta que duele sólo mirarla. Porque las cosas pueden imaginarse, pero la imaginación es siempre concesiva: edulcora todo aquello que no gusta y lo hace así más digerible, lo hace al menos masticable.

Hace ya algún tiempo me atreví a contar por boca de una amiga una historia de la que voluntariamente nunca quise ser parte. El miedo a que la realidad superara a mi ficción era tal, que preferí quedarme detrás de la barrera, detrás de la licencia que la imaginación y la palabra conceden a la cobardía del escritor y encima transforman a ésta en belleza. Y así conté sin ver. Conté sólo escuchando y haciendo cierto todo lo que me decían, pero olvidando que era yo quien contaba y no yo quien veía. Aún así di por bueno todo lo que ella me dijo y así creé mi artículo más trágico, “Las sombras que recubren las crisálidas”.  Hoy no puedo ser tan trágico ni tan descriptivo, no puedo hacer sentir con mis palabras lo que yo mismo sentí en aquel hospital público del barrio de la Maianga. Al igual que seguramente mi amiga no sintió al leer mis frases ni sombra del dolor que fue el fundamento de mi historia. Y no puedo hacerlo porque la realidad es mucho más seca que mi ficción, es mucho más cruda y menos rica en detalles, es sencillamente lo que es, y eso le hace perder relieve. O quizás es porque al observar una imagen que te impacta no eres capaz de retener los detalles, y sólo alcanzas a recordar un todo genérico que te los ahorra para que estos no te persigan en tus pensamientos al cerrar los ojos antes de dormirte. Pese a todo hoy puedo recordar algunos detalles que no han querido abandonarme y que me hicieron parar en el pasillo del hospital a vomitar, como un novato, como un espectador que observa la realidad desde fuera pero no la soporta desde dentro, donde todo se materializa de forma palpable. Donde el olor a vómito y a mierda y a orina, no es sólo un recurso literario sino un intenso hedor que te impide respirar y que hace que tus ojos lloren porque el olor se convierte en un sólido que se incrusta en ellos, quizás benévolamente para impedirte ver de donde viene. Pero ni las lágrimas lo impiden y ves a través de ellas cuerpos languideciéndose y retorciéndose de dolor en las camillas, en el suelo y sobre las escaleras. Los ves rodeados de sangre, sujetando un brazo que ya no tiene vida, o mirando al infinito mientras su dolor se ausenta en un hilo de sangre que se desliza por su frente, o esperando secamente una muerte que parece, rodeado de toda aquella gente, más que obvia. Y reverlo otra vez me hace despertarme mientras duermo. Y vuelvo a sentir la orina de aquel cuerpo inconsciente tirado en las escaleras del hospital sin que nadie se moviera para ayudarle. Lo veo una y otra vez, y otra vez vuelve a mí la sensación de asco y de miedo, de sentirme superado por las circunstancias, de no encontrar el valor para volver a entrar y volver a acercarme a su cama y ver aquel espectáculo espeluznante.

Vivo en Luanda alejado de la realidad generalizada. La veo de vez en cuando, en pequeñas pinceladas. Y la realidad es tan dura que no creo que pudiera vivir inmerso en ella. La muerte en un pasillo de hospital es aquí una realidad cotidiana. La muerte aquí no es cara. No vale un Kwanza. No hay siquiera que pedirla. Se espera en el hospital, la última parada antes del descanso eterno. Y Allí esperan todos, conscientes de que sólo un milagro puede hacerles alejarse de aquel pudridero. Lo más curioso es que los milagros, en contra de mi amoral escepticismo, se producen. Gracias a Dios (y esto también va en contra de mi amoral escepticismo) aún existen personas con el valor suficiente, no sólo de vivir inmersos en esa realidad, sino de entrar en ese hospital y aguantar estóicamente los olores, los hedores, la sangre, la materialización y plasmación plástica de la muerte, y encima, salvar vidas.

Martes, 16/06/2009

Lo que queda de Manelito

Enlace permanente 14:07 pm, Categorías del blog: Otros temas  

Vengo del hospital donde mueren los angolanos. Donde esperan a la muerte. Donde sus corazones palpitan cada vez menos hasta que expiran en su último aliento rodeados de la peor de las soledades, la que te acompaña rodeado de gente que desconoces. Las paredes son blancas, pero no del blanco que conocemos, no de ese que da esperanza y confianza. Son de un blanco sucio, como si presagiaran que todo lo que pasa allí dentro no tiene nada de esperanzador: nada bueno acontece desde que cruzas las puertas.

Vengo de ver a Manelito, ¿os acordáis? Ese que nunca llegaría a ser Manel. Ese que tosía sangre y que venía a trabajar todos los días para limpiar coches y que ganaba cincuenta dólares al mes. El que no podía comprar tomates ni medicinas. El viernes fue atropellado y se rompió la clavícula. Por supuesto el conductor huyó ¿por qué iba a quedarse a ayudar a un menino da rua? ¿Acaso lo merece? ¿Acaso es una persona? Obviamente el conductor pensó que no y lo dejó allí tirado. Además de la clavícula también fue diagnosticado de malaria cerebral, o paludismo, “o algo en la cabeza” como nos diagnosticó un médico que nos prometió que le harían alguna prueba, no quise ni preguntar cuál. Manelito está en una sala junto a diez pacientes. Está en una camilla atado de pies y manos para que no se escape, supongo que él también presagia que allí no puede pasar nada bueno. Su mirada está completamente perdida, las pupilas completamente dilatadas. Está desnudo, con un pañal como única ropa. Una especie de venda sucia cubre sus hombros como queriendo testificar que algún médico dedicó dos minutos a atenderle. La utilidad no parece mucha, pero allí está la venda, prueba de que alguien se sentó a mirarle. Al acercarnos acierta a decir nuestros nombres. Nos reconoce aún con la mirada perdida. E incluso allí, en el fondo oscuro de esa mirada sombría, encontramos una sonrisa. Sabe que sólo nosotros en esta tierra le tratamos como una persona. Sabe que por los diez minutos que nosotros estemos allí dejará de ser un perro  y volverá a ser una persona, volverá a ser el amigo de aquellos blancos que trabajan en la Embajada. Y por unos segundos parece que vuelve a sí el orgullo de sentirse querido. Y saluda con la voz entrecortada. Y dice que está mal. Y repite que está mal… Y yo miro al suelo porque no puedo aguantarle la mirada. Hasta para eso él tiene mucho más valor que yo.

Hace unos días conocí a un curioso español que se dedica a vagar por África en bicicleta, Nando Padrós, un tipo genial. En su viaje recauda algunos dólares y hace donativos donde él cree que más se necesita. Me contó que todo el mundo le decía que aquello era una aventura, y que él respondía que una aventura era conseguir un plato de comida en muchos lugares de los que ha conocido en África. Una aventura no es ser Nando Padrós. Una aventura es ser Manelito. No es admirable decidir dejarlo todo y vivir del aire, es sólo una decisión personal que merece respeto. Lo admirable es no tener nada e intentar día tras día tomar ese aire como único alimento, como única alternativa. Tomarlo a sabiendas de que mañana el propio aire no estará asegurado. Tomarlo con la incertidumbre de que cualquier cosa puede tumbarte y nadie estará allí para levantarte. Tomar el aire solo, completamente solo, y sobrevivir. Y demostrarle a la vida que incluso sin comida, incluso sin apoyos y con las mayores vejaciones a las que puede someterse a una persona, se puede ir cada día a limpiar coches con una sonrisa. Eso es lo realmente heroico. Sobrevivir es lo heroico. Ser Manelito es lo heroico.  

Domingo, 10/05/2009

Pandemias blancas

Enlace permanente 21:53 pm, Categorías del blog: Temas semanales, La gripe  

La Gripe A vivirá en Angola oculta en sus musseques, debajo de toda la mierda que los cubre desde sus cimientos. Como lo hizo hace tan sólo cuatro años el Marburg, la fiebre hemorrágica más letal conocida por el hombre, que se llevó por delante la vida de 327 personas. Aquí las pandemias son endémicas y perpetuas. Pero esas no interesan tanto al público en general porque los muertos son negritos que viven allí lejos, en el África sideral. Como mucho nos rescatan una lágrima cuando una ong nos muestra a un niño barrigudo rodeado de moscas que parecen esperar para comerle vivo, o muerto, pues no tardará mucho. Pero al día siguiente nos olvidamos y a otra cosa mariposa. Y ahora todos nos echamos las manos a la cabeza porque hay una enfermedad que puede llegar a ser una pandemia. Permitidme que me descojone de esta palabra: afectación de una enfermedad infecciosa de personas a lo largo de un área geográficamente extensa sea un continente o hasta el mundo entero. Deberíamos añadirle: siempre que este sea el nuestro o pueda acercarse. Porque pandemias en el mundo hay muchas y a nadie nos preocupa: ¿o la malaria no es una pandemia, y el cólera, y las fiebres tifoideas? Todas ellas pandemias. Todas ellas olvidadas porque solo matan niños allí en la lejanía. Parece que para que estas sean pandemias tienen que afectar a un país “desarrollado” (triste paradoja tener que llamarle así). Veinte países de África, no son una pandemia. Veinte de África más dos españolitos infectados: la pandemia del siglo. Y todos a producir medicamentos como desgraciados para que otro españolito no pueda caer enfermo. Hace un mes pasé malaria y fue lo más parecido a una gripe que he tenido. Con el tratamiento se reduce a nada. Cientos de personas mueren al día en Angola porque no tienen acceso a este tratamiento. Joderos un poco ahí arriba con la Gripe A, a ver si alguno se da cuenta de que aquí abajo esa es la norma y no una excepción, y hace algo.

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Borja Monreal Gaínza (24 años)

Superficie: 1.246.700 km². Población: 17.000.000 habitantes. Densidad: 9 h/km². PIB: n/d. Por habitante: n/dMoneda: Kwanza. Índice de desarrollo humano: 162 del mundo. Lema: La unión hace la fuerza. Presidente: José Eduardo dos Santos.

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