Navarros en la Aldea Global

Borja Monreal Gaínza Aldea global
Borja Monreal Gaínza
Trabaja para una empresa de ingeniería informática en Luanda (Angola)



Lunes, 22/02/2010

Cão do Ministro é Ministro

Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA)

Como el tiempo es relativo en Angola también lo son los horarios. Aunque puestos a desrelativizar, podríamos reducir los horarios a dos modelos básicos: el de los que trabajan y trabajan, y el de los que dicen que trabajan y algunas veces, si se alinean los planetas y Venus sonríe a Marte mientras la Luna les mira el culo, se pasean algunos minutos en el trabajo para ver que todo allí, sigue como lo dejaron. Digamos que los primeros son la excepción que confirma una regla tan triste como certera: aquí no cumple con el horario ni el hijo del apuntador. Y siguiendo una norma muy acertada que señala un dicho angoleño: Cão do Ministro é Ministro (El perro del Ministro, es Ministro), no se te ocurra cuestionar el porqué de estos retrasos. Y hablamos de puestos públicos, que suponen un 75-80% de los puestos de trabajo formal del país. Y así te puedes encontrar que un día laborable, escogido al azar de una muestra absoluta (365 días naturales menos 120 entre fines de semana y festivos), en un organismo público sólo te reciba la secretaria de turno e incluso la limpiadora, que, curiosamente, es la que menos falta al trabajo. El resto ficó engarrafado (está en un atasco). Claro, y se debió quedar en el atasco el resto de la semana al ver que aquello no avanzaba. En cambio, si para esta muestra tomáramos al azar un número de trabajadores entre el cuerpo funcionarial angoleño, nos daríamos cuenta que el número de doentes (enfermos) por cada cien trabajadores se acercaría peligrosamente al 90%, dejando el otro 10% para los engarrafados y el margen de error, lo que vendría a contradecir el increíble aumento de puestos de Angola en el Índice de Desarrollo Humano del PNUD en este último año.

Así que, puestos a hablar de horarios, me quedaré sólo con un detalle: cuando bajo de casa encuentro en la calle vendiendo fruta a la misma mujer que me encuentro 12 horas después al volver. Ahí queda eso.

Escrito por Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA) a las 13:48 pm    Hacer comentario

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Lunes, 15/02/2010

La Rainha Jinga

Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA)

Cuenta la historia, si es verdad que la historia puede contar algo, que hubo una Reina en Angola capaz de desafiar a los portugueses, capaz de desafiar al machismo que venía en barco desde Europa alimentado por el cañón y la cruz, capaz de de no rendirse nunca pese a todas las adversidades. Cuenta la historia, si es verdad que la historia puede contar algo, que aquella mujer, la Rainha Jinga, acabó con la soberanía de los portugueses aliándose con los holandeses allí por el 1641, y que desde entonces los portugueses comenzaron a temer por el control de Angola. Cuenta esta historia también, que aquella Reina, conocedora del descrédito que suponía para los portugueses que fuera Reina y no Rey, se hacía llamar Rey Jinga, para demostrarles que la única diferencia entre su reinado y el portugués eran tres letras tristes. Aquella mujer luchó por Angola y murió por ella sometida al yugo colonial. Y a su muerte, cuando nada de de su reino ya quedaba, la misma historia que luego se transformó en leyenda, nos cuenta que la guardia portuguesa decidió aniquilar a todo lo que quedaba del ejército de la Rainha Jinga, unos 7.000 soldados, porque su sombra era demasiado alargada, demasiado esclarecedora: era testigo de sus flaquezas. Desde entonces nunca una mujer volvió a ser lo mismo en Angola, nunca volvieron a ser vistas de la misma manera. Siguieron siendo rainhas jingas ocultas bajo una capa de polvo e indignidad. Siguieron siéndolo ocultas en su propia desnudez. Pero aún hoy, cuando miras a tu alrededor en las atestadas y sucias calles de Luanda, continúas viendo a una mujer sujetando la mano de un niño, transportando un balde de fruta en la cabeza y pendiente de qué hará al llegar casa: trabajar. Todas ellas son la Rainha Jinga, todas el ideal de mujer angolana.

Escrito por Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA) a las 08:16 am     (1)

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Lunes, 01/02/2010

Triste fin para un principio

Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA)

A todos los que me habéis leído durante el año pasado, os lo debo. Y ya de paso os hago partícipes de mi sufrimiento para que lo sufráis al menos en parte. Y así una parte del mío se diluya entre la multitud. Manelito murió mientras yo estaba en España, como no podía ser de otra manera:

 

Angola imparte lecciones de vida incluso en la distancia. Cuando más lejos crees estar de ella más te das cuenta de que aquel mundo vive tan cerca de ti como lo hace la gente que te rodea. No puedes desvincularte porque ya forma parte de tu vida, de tu manera de pensar, de tu forma de hacer las cosas. Angola es ya parte de mí. Y hoy, por haberla dejado olvidada durante unos meses, por entregarme a la vida fácil y volver a acostumbrarme a la mesa puesta, se ha hecho notar de la forma más dura y cruel que podía hacerlo: como sólo ella sabe, mostrando su lado más jodido y despiadado. Hoy paseaba por Logroño junto a mi madre cuando me llamó una amiga, una hermana ya quizás. Su voz sonaba ronca entristecida y dolorida. Su voz hoy lloraba sangre retenida, enquistada de tanto esperar a lo inevitable. En sus primeras palabras supe lo que iba a seguir. No podía ser de otra manera. Nunca pudo ser de otra manera. Era la crónica de una muerte anunciada a punto de ser enunciada. No quise adelantarme y le dejé hablar: Manelito ha muerto. Sonó seco, doloroso, pausado, frío de tanto haberlo llorado. Familiar de tanto haberlo esperado. Callé un momento y pregunté: ¿Qué ha pasado?

--Se ha quemado vivo con un bidón de gasolina. Se cayó el bidón en el baño y se prendió fuego con una vela. Él estaba dentro.

Y desde entonces sólo el silencio. Hay cientos de maneras de vivir y cientos de morir. Y hasta conocer a Manelito nunca se me hubiera ocurrido ninguna tan jodida para ambos. Nunca hubiera pensado que era posible vivir sin familia, sin dinero, sin casa… sin nada. Nunca hubiera pensado que era posible morir quemado en tu propio baño y sufrir durante una semana internado en un hospital de mierda mientras la muerte juega con tu cuerpo a hacerle padecer el máximo dolor posible. Hasta la muerte fue hija de puta con Manelito. Ni siquiera ella tuvo compasión. La vida real es mucho más puta de lo que nos creemos. No tiene miramientos ni remilgos, no emplea calmantes ni oculta lo atroz de sus actos. Somos nosotros quien la hemos edulcorado con nuestra ciencia y nuestro “desarrollo”. Pero cuando ella se escapa de nuestra jaula dorada se muestra tal y como es: hija de puta como nadie. Y si hay alguien desde el Olimpo que la guía, espero se muera de vergüenza al ver lo que pasa en ella. Y que ningún purista me hable del libre albedrío, que día tras día tengo que aguantar mierda sobre las cosas buenas que se hacen desde allí arriba. O para todo o para nada. O lo bueno y lo malo o ni lo bueno ni lo malo. Que para las buenas ya estamos muchos en la foto. Manelito vivió jodido y murió más aún. Y siempre tuvo una sonrisa entre los labios y un apretón de manos y una mirada cómplice. Gestos que parecen cada día más escasear en nuestro desarrollado día a día. Gestos que nos sobran por el vaciado de significado al que los hemos sometido.

Lo pienso y no encuentro respuesta. ¿Porqué a él todas? Me da la impresión de que el mundo es un lugar de suma cero: a mi me tocó todo lo bueno y el pobre Manelito tuvo que pagar por todas mis felicidades. Puta realidad compensatoria. Y en una segunda vuelta veo que ésta no es la respuesta: hay muchos más jodidos de los que hay disfrutando de sus jodiendas. Aún así el mundo es un lugar injusto. No por haberse llevado a Manelito. Sino porque no todos habéis tenido la oportunidad de conocerlo. Porque no todos conocéis a un Manelito que os enseñe el mundo desde dentro. Porque todos os creéis que Manelito es la excepción, una aislada historia triste. Los que lo hemos conocido hemos descubierto la verdad, él nos la ha enseñado: qué suerte hemos tenido de no haber nacido manelitos. Que suerte de no haber muerto manelitos. Que suerte de poder contarlo desde la barrera.

Y lo peor de todo es ver que su muerte, sus muertes, no afectan a nada ni a nadie. Mueren y nada les recuerda. Mueren y sus cenizas corren con el viento como si nada hubiera pasado.

 Hoy no será así. Hoy Manelito será eterno al menos en mis escritos y en mi memoria. Hoy su fin será un principio en un lugar en el que nunca un fin es el principio. En el que un fin no es un punto y aparte sino un punto y final y se acabó, uno de esos de Sabina: uno sin puntos suspensivos.

Escrito por Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA) a las 16:54 pm    Hacer comentario

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Viernes, 29/01/2010

Volta à luta

Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA)

Que sensación más extraña es volver a casa cuando has dejado tu casa. Cuando te has despedido de tu familia, de tus amigos, de tus amores... y has cruzado medio mundo en un avión lleno de desconocidos que desconocen lo qué se van a encontrar y aún así lo desprecian. Que sensación más extraña cuando bajas del avión, y un olor dulzón mezclado de arena y polvo y aire caliente te empapa el rostro de nuevo. Y empiezas a ver los mismos rostros que viste hace ya un tiempo, cuando la misma escena se repetía en dirección contraria. Y el coche recorre la misma calle que viste por primera vez cuando llegaste, y todo te parecía extraño, como si no fuera contigo. Calles llenas de gente vacías de tu significado. Calles llenas de vida que se desvitalizaban ante unos ojos carentes de conexiones con el entorno. Hoy las calles tienen nombre, los rostros tienen nombre y las vidas son compartidas. Todas ellas familiares. Todas ellas comprendidas al menos en parte. Y las actitudes que aquél día nublado de octubre me parecieron extrañas hoy me resultan tan familiares que me despiertan una sonrisa de recibimiento: ahora son también las mías. Y las sonrisas de la gente, de los amigos, de los compañeros, e incluso de los desconocidos, te hacen sentir un regusto de nuevo, de regalo por abrir, de vuelta a casa.

Mañana me volveré montar en mi moto y bajaré a Luanda. Y gritaré por el camino, bocearé y me cagaré en la madre de más de uno, y más de diez probablemente. E intentaré comprar algo y no estará, y arreglar algo y no será posible, y conectarme a Internet y no habrá línea, y llamar y no funcionará el teléfono, y todo parecerá que se ha ido a la mierda... Pero al final del día, cuando piense en donde estoy y en lo que he hecho, cuando abra una cerveza helada y mire el sol caer sobre el mar de la bahía de Luanda, cuando sienta el dulce calor húmedo angolano acariciarme el rostro y escuche de fondo el lamento del amor perdido de una kizomba, entonces sabré que he vuelto a casa, y nunca volveré a arrepentirme.

Escrito por Borja MONREAL (LUANDA, ANGOLA) a las 10:20 am    Ver/Hacer comentario (2)

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